Una temporada en el ruido, segundo poemario de Carlos Bertoglio, da cuenta de las múltiples muertes que la voz lírica ha sufrido a través de sus viajes, los físicos y los afectivos, y cómo la memoria libra esa colosal batalla de preservación de los mundos pretéritos. La batalla es colosal porque la memoria, compulsiva, cansada por instantes, se enfrenta a la utopía negativa de la muerte, allí donde sólo hay fantasmas e incertidumbre. ¿Cómo hacer, entonces, para afirmar la existencia de lo perdido en esa bruma? ¿Cómo no caer derrotado ante la imposibilidad de resucitar lo que se escapa, diluido en el pasado, trastornado por el ruido del presente?  Bertoglio propone encaramarse a la vida que “se empecina en fluir”.  Los poemas se presentan, pues, como estrategias vitales para alcanzar en la fugacidad aquello que, como el deseo “se desliza/ se resbala/ y cada mañana me deja más vacío/ más solo”. En estos fotogramas poéticos, la melancolía consigue exceder sus límites para elevarse como una celebración. Sí, se trata de una melancolía celebratoria y gozosa –una ironía perfecta, sin duda–, capaz de reorganizar las ruinas de un universo anterior y resucitarlas bajo nuevas formas. Por eso, tanto cuando dice: “alguien que se parece a mí/ y apenas me reconoce” como cuando afirma: “temo que he fundado una nueva soledad”, la voz lírica se formula obstinada, obsesiva en esa tarea entrañable que es resistirse a la muerte de las cosas y los seres amados y diseñar para ellos una dimensión inédita, sublimada. Cada poema es una posta en ese ilusorio retorno. Cada uno de estos poemas es, a pesar de todo, el cumplimiento de esa promesa íntima del retorno.

 

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Una temporada en el ruido - Carlos Bertoglio

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Una temporada en el ruido, segundo poemario de Carlos Bertoglio, da cuenta de las múltiples muertes que la voz lírica ha sufrido a través de sus viajes, los físicos y los afectivos, y cómo la memoria libra esa colosal batalla de preservación de los mundos pretéritos. La batalla es colosal porque la memoria, compulsiva, cansada por instantes, se enfrenta a la utopía negativa de la muerte, allí donde sólo hay fantasmas e incertidumbre. ¿Cómo hacer, entonces, para afirmar la existencia de lo perdido en esa bruma? ¿Cómo no caer derrotado ante la imposibilidad de resucitar lo que se escapa, diluido en el pasado, trastornado por el ruido del presente?  Bertoglio propone encaramarse a la vida que “se empecina en fluir”.  Los poemas se presentan, pues, como estrategias vitales para alcanzar en la fugacidad aquello que, como el deseo “se desliza/ se resbala/ y cada mañana me deja más vacío/ más solo”. En estos fotogramas poéticos, la melancolía consigue exceder sus límites para elevarse como una celebración. Sí, se trata de una melancolía celebratoria y gozosa –una ironía perfecta, sin duda–, capaz de reorganizar las ruinas de un universo anterior y resucitarlas bajo nuevas formas. Por eso, tanto cuando dice: “alguien que se parece a mí/ y apenas me reconoce” como cuando afirma: “temo que he fundado una nueva soledad”, la voz lírica se formula obstinada, obsesiva en esa tarea entrañable que es resistirse a la muerte de las cosas y los seres amados y diseñar para ellos una dimensión inédita, sublimada. Cada poema es una posta en ese ilusorio retorno. Cada uno de estos poemas es, a pesar de todo, el cumplimiento de esa promesa íntima del retorno.

 

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