En la Edad Media, como todavía hoy, ser filósofo es lidiar con las tesis, los textos, las ideas de las que ellos son portadores, pero también discutir con los grandes maestros del pasado, porque, en el sentido pleno de esta última expresión, hacer Historia de la Filosofía es hacer Filosofía. Es, en una palabra, empeñarse con otros interlocutores, contemporáneos o antiguos, en un combate, el agon studii: la lucha que impone la dedicación cuando se intenta comprender. Todo esto constituye una apasionante actividad y un fin en sí mismo alcanzable en este mundo.

Los cuatro filósofos abordados aquí –Pedro Abelardo, Ramon Lull, Nicolás de Autrecourt y Francesco Petrarca– sin duda lo han entendido de este modo; de lo contrario, no podrían haber consagrado sus días a la Filosofía, concebida ya sea en su versión de saber riguroso y formal, ya sea en la de escuela de vida. Lo cierto es que en cualquiera de ambos casos, aun en el de aquel por el que se la asocia más a la scientia que a la sapientia, recuerda siempre el “sabor” del que deriva el mismo término “sabiduría”.

Ser filósofo en la Edad Media también ha implicado en alguna ocasión, y muchas veces aún en nuestros días, perseguir a solas la esquiva verdad. Sin embargo, los maestros de esos siglos no han olvidado la dimensión colectiva y dialógica de la Filosofía, de esa “noble posesión del espíritu que, al distribuirse, se incrementa”.

Ser filósofo en la Edad Media - Gustavo Fernández Walker, Natalia Jakubecki, Marcela Borelli, Gustavo Fernández Walker

$20.900
Ser filósofo en la Edad Media - Gustavo Fernández Walker, Natalia Jakubecki, Marcela Borelli, Gustavo Fernández Walker $20.900

En la Edad Media, como todavía hoy, ser filósofo es lidiar con las tesis, los textos, las ideas de las que ellos son portadores, pero también discutir con los grandes maestros del pasado, porque, en el sentido pleno de esta última expresión, hacer Historia de la Filosofía es hacer Filosofía. Es, en una palabra, empeñarse con otros interlocutores, contemporáneos o antiguos, en un combate, el agon studii: la lucha que impone la dedicación cuando se intenta comprender. Todo esto constituye una apasionante actividad y un fin en sí mismo alcanzable en este mundo.

Los cuatro filósofos abordados aquí –Pedro Abelardo, Ramon Lull, Nicolás de Autrecourt y Francesco Petrarca– sin duda lo han entendido de este modo; de lo contrario, no podrían haber consagrado sus días a la Filosofía, concebida ya sea en su versión de saber riguroso y formal, ya sea en la de escuela de vida. Lo cierto es que en cualquiera de ambos casos, aun en el de aquel por el que se la asocia más a la scientia que a la sapientia, recuerda siempre el “sabor” del que deriva el mismo término “sabiduría”.

Ser filósofo en la Edad Media también ha implicado en alguna ocasión, y muchas veces aún en nuestros días, perseguir a solas la esquiva verdad. Sin embargo, los maestros de esos siglos no han olvidado la dimensión colectiva y dialógica de la Filosofía, de esa “noble posesión del espíritu que, al distribuirse, se incrementa”.