Con la publicación de La evolución creadora en 1907, Bergson alcanzó su máximo renombre, pero la fama, que corrompe a muchos hombres, no le estropeó, ni detuvo su investigación. Se envolvió en silencio y se dedicó, a pesar del obstáculo de una seria enfermedad, a un estudio paciente y tenaz sobre el origen de la religión y de la moralidad. Reunió datos de todos los campos que pudieran arrojar luz sobre su problema, los comprobó, ponderó y organizó. Entonces, en 1932, tras veinticinco años de penosa investigación y profunda meditación, publicó Las dos fuentes de la Moralidad y la Religión, "una obra clásica desde el día que apareció", Asesta un golpe devastador a todas las seudoéticas. En ella, Bergson despliega la diferencia entre las leyes de la Naturaleza y las de la ética, y, por tanto, expone el engaño de los que imaginan que la ciencia moderna, desde otro Sinaí, ha entregado unas nuevas tablas. La ley moral, cuyo carácter es imperativo, nunca puede ser deducida de la ciencia, la cual habla en indicativo, la cual establece hechos o quizá sólo probabilidades. Al declarar: esto es así, o parece ser así, la ciencia, por su misma naturaleza, es incapaz de seguir adelante y formular un mandamiento: harás, no harás. Bergson desenmascara la falacia racionalista de que la moralidad puede basarse en la razón pura, pues no sólo la obligación es independiente de que tengamos conciencia de ella y anterior a toda clarificación racional, sino que la razón sola no puede sofocar el mal en el hombre. "Cuando los filósofos sostienen que ella sería suficiente para silenciar el egoísmo y la pasión -dice Bergson con suave ironía- nos prueban -y debemos felicitarnos por ello- que nunca han oído la voz de la una o de la otra muy alto en su propio interior". Las dos fuentes desenmascaran también la afirmación de que la moralidad fuera un mero producto histórico, un convenio entre los hombres, semejante a los estatutos de una sociedad. Esto expone esa revolución pretenciosa que, habiendo dejado desamparado al hombre, le hace servir al Estado como al supremo valor, la fuente de todo derecho. La distinción de Bergson entre moralidad abierta y cerrada manifiesta el carácter monstruoso y abortivo del estatismo, el cual, separado de la más alta fuente del bien, se pudre en su interior. La moralidad no puede ser hecha por el hombre, el fruto de la época, porque la naturaleza humana ha permanecido esencialmente inalterada. El hombre primitivo y el civilizado conocen la obligación moral, porque la obligación es "el elemento irreducible y siempre presente de nuestra naturaleza moral".

Las dos fuentes de la moral y de la religión - Henri Bergson

$11.000
Las dos fuentes de la moral y de la religión - Henri Bergson $11.000

Con la publicación de La evolución creadora en 1907, Bergson alcanzó su máximo renombre, pero la fama, que corrompe a muchos hombres, no le estropeó, ni detuvo su investigación. Se envolvió en silencio y se dedicó, a pesar del obstáculo de una seria enfermedad, a un estudio paciente y tenaz sobre el origen de la religión y de la moralidad. Reunió datos de todos los campos que pudieran arrojar luz sobre su problema, los comprobó, ponderó y organizó. Entonces, en 1932, tras veinticinco años de penosa investigación y profunda meditación, publicó Las dos fuentes de la Moralidad y la Religión, "una obra clásica desde el día que apareció", Asesta un golpe devastador a todas las seudoéticas. En ella, Bergson despliega la diferencia entre las leyes de la Naturaleza y las de la ética, y, por tanto, expone el engaño de los que imaginan que la ciencia moderna, desde otro Sinaí, ha entregado unas nuevas tablas. La ley moral, cuyo carácter es imperativo, nunca puede ser deducida de la ciencia, la cual habla en indicativo, la cual establece hechos o quizá sólo probabilidades. Al declarar: esto es así, o parece ser así, la ciencia, por su misma naturaleza, es incapaz de seguir adelante y formular un mandamiento: harás, no harás. Bergson desenmascara la falacia racionalista de que la moralidad puede basarse en la razón pura, pues no sólo la obligación es independiente de que tengamos conciencia de ella y anterior a toda clarificación racional, sino que la razón sola no puede sofocar el mal en el hombre. "Cuando los filósofos sostienen que ella sería suficiente para silenciar el egoísmo y la pasión -dice Bergson con suave ironía- nos prueban -y debemos felicitarnos por ello- que nunca han oído la voz de la una o de la otra muy alto en su propio interior". Las dos fuentes desenmascaran también la afirmación de que la moralidad fuera un mero producto histórico, un convenio entre los hombres, semejante a los estatutos de una sociedad. Esto expone esa revolución pretenciosa que, habiendo dejado desamparado al hombre, le hace servir al Estado como al supremo valor, la fuente de todo derecho. La distinción de Bergson entre moralidad abierta y cerrada manifiesta el carácter monstruoso y abortivo del estatismo, el cual, separado de la más alta fuente del bien, se pudre en su interior. La moralidad no puede ser hecha por el hombre, el fruto de la época, porque la naturaleza humana ha permanecido esencialmente inalterada. El hombre primitivo y el civilizado conocen la obligación moral, porque la obligación es "el elemento irreducible y siempre presente de nuestra naturaleza moral".