En Kamikaze el movimiento es doble: los relatos se expanden –la dispersión como ejercicio de la memoria− y al mismo tiempo buscan hondura. Lo intrínseco –el artificio de la rememoración biográfica− remite a la identidad de los protagonistas, a la comprensión de lo íntimo, pero también a asuntos menos privados. En estos cuentos, la pregunta personal desborda, funciona como carga de profundidad; la demanda, en todos los casos, resulta ontológica. Así, una anécdota paterna –un pormenor curioso− se despega de la particularidad para sondear en las raíces del suicidio de Hemingway. O una historia de amor –o del esmalte progresivo del desamor− conduce, como por accidente, a los escritos del padre del protagonista: cartas de kamikazes, las últimas palabras de los aviadores japoneses. Brindisi organiza con extraordinaria naturalidad –sus narradores parecen olvidados de la responsabilidad elocutiva− tramas ondulantes en las que cada coda, cada giro de la peripecia, esconde un hallazgo. Hay un vaivén en la escritura, un bamboleo, una forma subversiva de abordar el nudo del relato y de extraviarlo –la digresión como método− que permite que la intriga se mantenga hasta el final. Eso es: el texto se encuentra activado. Todos sus atributos están listos para detonar. Y como dice uno de los narradores del libro: “un arma es siempre un arma”.

 

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Kamikaze - Jose Maria Brindisi

$690
Kamikaze - Jose Maria Brindisi $690

En Kamikaze el movimiento es doble: los relatos se expanden –la dispersión como ejercicio de la memoria− y al mismo tiempo buscan hondura. Lo intrínseco –el artificio de la rememoración biográfica− remite a la identidad de los protagonistas, a la comprensión de lo íntimo, pero también a asuntos menos privados. En estos cuentos, la pregunta personal desborda, funciona como carga de profundidad; la demanda, en todos los casos, resulta ontológica. Así, una anécdota paterna –un pormenor curioso− se despega de la particularidad para sondear en las raíces del suicidio de Hemingway. O una historia de amor –o del esmalte progresivo del desamor− conduce, como por accidente, a los escritos del padre del protagonista: cartas de kamikazes, las últimas palabras de los aviadores japoneses. Brindisi organiza con extraordinaria naturalidad –sus narradores parecen olvidados de la responsabilidad elocutiva− tramas ondulantes en las que cada coda, cada giro de la peripecia, esconde un hallazgo. Hay un vaivén en la escritura, un bamboleo, una forma subversiva de abordar el nudo del relato y de extraviarlo –la digresión como método− que permite que la intriga se mantenga hasta el final. Eso es: el texto se encuentra activado. Todos sus atributos están listos para detonar. Y como dice uno de los narradores del libro: “un arma es siempre un arma”.

 

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