En el cielo 
 
No hay perro encadenado a un poste en un jardín 
que se marchita, como los perros 
con los que me crie, muertos de hambre, llenos de comida, golpeados en la cara
por los chicos, no hay chicos, no hay petardos 
que se deslizan por largos cuellos de botella a principios del verano, 
no hay cielo que explote, sangre ni huesos, 
porque nosotros éramos los huesos, no hay más Señor 
Dios Mío, ni tampoco mapas hechos de fuego, un pequeño resplandor 
que arde donde crecí, para que pueda, si quiero, señalar la llama que era la Avenida 82, 
no hay leche en la heladera, tampoco caminar por la calle 
hasta el negocio que vendía navajas suizas, no hay navajas, no hay miel 
ahora que la dulzura ya no existe, aunque nosotros éramos la dulzura, 
aunque necesitábamos algo 
para la lengua, no hay más jabón barato 
ni lavarnos la boca con jabón 
porque Hijo de puta y porque Andate a la mierda 
nos salían de la boca como peces del Océano Pacífico, 
no hay colibríes, no hay Curitas ni rodillas raspadas 
con la mugre y las piedras del barrio 
porque nosotros éramos la mugre, 
no hay madres jóvenes que fuman en la entrada 
mientras el cielo se pone lindo 
antes de que anochezca, aunque ellas eran más lindas 
y el cielo se les volvió en contra. No hay punk rock ni fiesta de egresados, 
ni zapatos baratos de taco alto abandonados en la lluvia 
en un estacionamiento, ni botellas vacías de vino dulce 
porque nosotros éramos las botellas vacías, ni tampoco tirarlas contra la pared
que está atrás de la escuela, porque nosotros éramos los vidrios 
que estallaban. No mirar más hacia el oeste, no hay este, norte 
o sur, sólo nosotros acá parados, juntos, preguntándonos los unos a los otros, 
si recordamos algo, qué era lo que amábamos, qué lo que nos amaba, quién fue el primero que gritó nuestros nombres.

 

traducción de Martín Vázquez Grille

El revólver de Mayakovski - Matthew Dickman

$27.600
El revólver de Mayakovski - Matthew Dickman $27.600
En el cielo 
 
No hay perro encadenado a un poste en un jardín 
que se marchita, como los perros 
con los que me crie, muertos de hambre, llenos de comida, golpeados en la cara
por los chicos, no hay chicos, no hay petardos 
que se deslizan por largos cuellos de botella a principios del verano, 
no hay cielo que explote, sangre ni huesos, 
porque nosotros éramos los huesos, no hay más Señor 
Dios Mío, ni tampoco mapas hechos de fuego, un pequeño resplandor 
que arde donde crecí, para que pueda, si quiero, señalar la llama que era la Avenida 82, 
no hay leche en la heladera, tampoco caminar por la calle 
hasta el negocio que vendía navajas suizas, no hay navajas, no hay miel 
ahora que la dulzura ya no existe, aunque nosotros éramos la dulzura, 
aunque necesitábamos algo 
para la lengua, no hay más jabón barato 
ni lavarnos la boca con jabón 
porque Hijo de puta y porque Andate a la mierda 
nos salían de la boca como peces del Océano Pacífico, 
no hay colibríes, no hay Curitas ni rodillas raspadas 
con la mugre y las piedras del barrio 
porque nosotros éramos la mugre, 
no hay madres jóvenes que fuman en la entrada 
mientras el cielo se pone lindo 
antes de que anochezca, aunque ellas eran más lindas 
y el cielo se les volvió en contra. No hay punk rock ni fiesta de egresados, 
ni zapatos baratos de taco alto abandonados en la lluvia 
en un estacionamiento, ni botellas vacías de vino dulce 
porque nosotros éramos las botellas vacías, ni tampoco tirarlas contra la pared
que está atrás de la escuela, porque nosotros éramos los vidrios 
que estallaban. No mirar más hacia el oeste, no hay este, norte 
o sur, sólo nosotros acá parados, juntos, preguntándonos los unos a los otros, 
si recordamos algo, qué era lo que amábamos, qué lo que nos amaba, quién fue el primero que gritó nuestros nombres.

 

traducción de Martín Vázquez Grille