Una delicadísima nostalgia se cuela entre los versos, sumamente breves, y va trazando una especie de ascensión hacia zonas más estables, como queriendo escapar del tiempo regido por relojes fríos, donde el transcurrir no se detiene, dejándonos casi ausentes de la realidad que, de tan breve, casi no podemos asir, ni con la mano ni con la consciencia.  Y es esa premura con la que pasan los reflejos del día, la que nos distancia de las vivencias, sin dejarnos absorber el núcleo de las mismas. Sin embargo, la joven poeta busca hendijas, ranuras desde donde pueda asomarse a la realidad; las busca con empeño, negándose a que sean arrastradas a la velocidad de la luz; quiere, desde la palabra, retener el sabor placentero del instante que pronto dejará de ser, para ceder paso a otro instante, igualmente inasible.

Todos sus poemas son testigos vertiginosos de “un algo” que se desliza hacia el no ser. Sin embargo, hay uno que se escapa de los márgenes del tiempo. Un poema breve y bellísimo en que Úrsula consigue su propósito. Se llama, precisamente, permanencia, y dice así:

“Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.”

Alcira Irene “Tuky” González

 

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El reino de las agujas - Úrsula Alonso

$490
El reino de las agujas - Úrsula Alonso $490

Una delicadísima nostalgia se cuela entre los versos, sumamente breves, y va trazando una especie de ascensión hacia zonas más estables, como queriendo escapar del tiempo regido por relojes fríos, donde el transcurrir no se detiene, dejándonos casi ausentes de la realidad que, de tan breve, casi no podemos asir, ni con la mano ni con la consciencia.  Y es esa premura con la que pasan los reflejos del día, la que nos distancia de las vivencias, sin dejarnos absorber el núcleo de las mismas. Sin embargo, la joven poeta busca hendijas, ranuras desde donde pueda asomarse a la realidad; las busca con empeño, negándose a que sean arrastradas a la velocidad de la luz; quiere, desde la palabra, retener el sabor placentero del instante que pronto dejará de ser, para ceder paso a otro instante, igualmente inasible.

Todos sus poemas son testigos vertiginosos de “un algo” que se desliza hacia el no ser. Sin embargo, hay uno que se escapa de los márgenes del tiempo. Un poema breve y bellísimo en que Úrsula consigue su propósito. Se llama, precisamente, permanencia, y dice así:

“Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.”

Alcira Irene “Tuky” González

 

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