La firmeza de la soledad en los manubrios

 

No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –

oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.

Estás parada ahí,

tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana

de vidrios esmerilados –

no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,

y el recuerdo hace tu sombra más amable.

La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas estacionadas sobre la vereda.

 

Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.

Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado

contra un cielo de celeste ardiente.

 

El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,

pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,

una chalupa guerrera, un barco al palio, un petrolero.

Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras

que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.

 

Saint Germain des Prés

 

El viejo temor. En una iglesia de París

encendí una vela y no supe -aun con mi más

ferviente deseo penetrando mis huesos,

como el frío entre aquellas piedras medievales

si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta

y aceptada. Eran indescifrables los labios

de la Virgen en aquella piedra tan gastada.

El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,

un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,

o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era

mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo

en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo

que había perdido todo, que la boca de Dios

o del Averno

o del siglo

lo había apagado,

lo volví a encender

con el mismo encendedor de plástico.

Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta

de que no era mi vela la que había vuelto a encender,

sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.

Fui raramente feliz y lo confieso.

Sin quererlo, había avivado otra plegaria,

un rezo desconocido, el rezo de otro.

 

El Cairo - Jorge Alucino

$25.000
El Cairo - Jorge Alucino $25.000

La firmeza de la soledad en los manubrios

 

No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –

oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.

Estás parada ahí,

tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana

de vidrios esmerilados –

no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,

y el recuerdo hace tu sombra más amable.

La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas estacionadas sobre la vereda.

 

Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.

Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado

contra un cielo de celeste ardiente.

 

El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,

pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,

una chalupa guerrera, un barco al palio, un petrolero.

Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras

que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.

 

Saint Germain des Prés

 

El viejo temor. En una iglesia de París

encendí una vela y no supe -aun con mi más

ferviente deseo penetrando mis huesos,

como el frío entre aquellas piedras medievales

si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta

y aceptada. Eran indescifrables los labios

de la Virgen en aquella piedra tan gastada.

El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,

un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,

o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era

mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo

en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo

que había perdido todo, que la boca de Dios

o del Averno

o del siglo

lo había apagado,

lo volví a encender

con el mismo encendedor de plástico.

Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta

de que no era mi vela la que había vuelto a encender,

sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.

Fui raramente feliz y lo confieso.

Sin quererlo, había avivado otra plegaria,

un rezo desconocido, el rezo de otro.