Entre maderos que arden, el cuerpo. Junto a la pira, por el suelo cubierto de ceniza, un perro deshace en bandas de lino y lame el turbante blanco, ensangrentado. Más allá, bajo un alero, otro montón de troncos. Alrededor se apresuran los técnicos de la quema. Un dios-elefantito juguetea entre las flores. Campanillas de cobre. La muerte –la pausa que refresca– forma parte de la vida.

Arroz a los pies, embarrado de polvo rojo, en su templo de cemento, un dios-monito ameniza la aldea –los ojos bolas de vidrio, en el hocico pétalos pegados. Azoradas, como cigüeñas que oyen ruidos nocturnos, tres cabezas lo vigilan sobre un cuello: azul de metileno, azafrán, blanco de cáscara de huevo.

Collar de flores, un toro mostaza pace.

 

Diario indio - Severo Sarduy

$590
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Entre maderos que arden, el cuerpo. Junto a la pira, por el suelo cubierto de ceniza, un perro deshace en bandas de lino y lame el turbante blanco, ensangrentado. Más allá, bajo un alero, otro montón de troncos. Alrededor se apresuran los técnicos de la quema. Un dios-elefantito juguetea entre las flores. Campanillas de cobre. La muerte –la pausa que refresca– forma parte de la vida.

Arroz a los pies, embarrado de polvo rojo, en su templo de cemento, un dios-monito ameniza la aldea –los ojos bolas de vidrio, en el hocico pétalos pegados. Azoradas, como cigüeñas que oyen ruidos nocturnos, tres cabezas lo vigilan sobre un cuello: azul de metileno, azafrán, blanco de cáscara de huevo.

Collar de flores, un toro mostaza pace.