La naturaleza como horizonte posible, cernido como ave en cacería, el oleaje a su vez repitiendo su letanía de roca, magma, fosa abisal y otra vez como antaño pero ahora como holograma, contorno digital, maremoto reconstruido, a pesar de eso, de aquello ficticio, el mar, otra vez, desintoxicado y fuerte como en la prehistoria. Pero qué parte de ello es real y qué no. Cuánto alegoría, alerta, aviso estridente y cuánto del zarpazo natural como de un puma, de un oso, de un tiburón bellamente dentado. Cuándo de esto es real, cuánto posible. Los cíclopes de la frontera se yerguen en forma de muros o cámaras de seguridad, mientras las chalupas llenas de migrantes cabecean sobre el agua oscura. Los cadáveres son arrojados al río Ganges y peces domesticados, miles de ellos, en cardúmenes hacia los despojos, hacia los residuos textiles y aguas tratadas.

Gastón Carrasco nos vuelve a abrir los ojos sobre esto. Hay un telón frágil entre verso y verso, una cáscara delicada a punto de quebrarse, la utilería del viaje del Pequod como pulsión, como mito, como mueca, como estructura primordial del relato. La ballena blanca emergiendo de una gran isla de plástico. El cojo cuáquero vengativo. El primer oficial con sus convicciones y fe intacta. El burlón, el profeta, el brujo, el guerrero, el único sobreviviente, el narrador. De las figuras que se delinean y aquellas que emergen con todo su volumen, como un barco que se nos aproxima en la niebla, otras camufladas en escenitas de cine de época y otras, las menos y mortíferas, son las que avisan el truco del prestidigitador.

Carrasco ha traído los huesos de la ballena, ha levantado una choza en la playa, nos dice que esta es la cobija, el refugio, y aguzando la vista podemos ver el tallado en los huesos que constituyen nuestro nuevo hogar, ahí está un cíclope de frontera, las vallas, los niños tendidos con los rostros en la arena, los pactos de sangre de los arponeros, el futuro en un puñado de huesos. A todos se nos ha cernido el mar en sueños en una gran ola, el asedio es total, permanente, se filtra en nuestra sangre, el viaje por la superficie del océano es un viaje a los sueños y como en tales, la realidad está arponeada por monstruos. De esos arpones y utensilios está hecho este libro.

 

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Monstruos marinos - Gastón Carrasco

$990
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La naturaleza como horizonte posible, cernido como ave en cacería, el oleaje a su vez repitiendo su letanía de roca, magma, fosa abisal y otra vez como antaño pero ahora como holograma, contorno digital, maremoto reconstruido, a pesar de eso, de aquello ficticio, el mar, otra vez, desintoxicado y fuerte como en la prehistoria. Pero qué parte de ello es real y qué no. Cuánto alegoría, alerta, aviso estridente y cuánto del zarpazo natural como de un puma, de un oso, de un tiburón bellamente dentado. Cuándo de esto es real, cuánto posible. Los cíclopes de la frontera se yerguen en forma de muros o cámaras de seguridad, mientras las chalupas llenas de migrantes cabecean sobre el agua oscura. Los cadáveres son arrojados al río Ganges y peces domesticados, miles de ellos, en cardúmenes hacia los despojos, hacia los residuos textiles y aguas tratadas.

Gastón Carrasco nos vuelve a abrir los ojos sobre esto. Hay un telón frágil entre verso y verso, una cáscara delicada a punto de quebrarse, la utilería del viaje del Pequod como pulsión, como mito, como mueca, como estructura primordial del relato. La ballena blanca emergiendo de una gran isla de plástico. El cojo cuáquero vengativo. El primer oficial con sus convicciones y fe intacta. El burlón, el profeta, el brujo, el guerrero, el único sobreviviente, el narrador. De las figuras que se delinean y aquellas que emergen con todo su volumen, como un barco que se nos aproxima en la niebla, otras camufladas en escenitas de cine de época y otras, las menos y mortíferas, son las que avisan el truco del prestidigitador.

Carrasco ha traído los huesos de la ballena, ha levantado una choza en la playa, nos dice que esta es la cobija, el refugio, y aguzando la vista podemos ver el tallado en los huesos que constituyen nuestro nuevo hogar, ahí está un cíclope de frontera, las vallas, los niños tendidos con los rostros en la arena, los pactos de sangre de los arponeros, el futuro en un puñado de huesos. A todos se nos ha cernido el mar en sueños en una gran ola, el asedio es total, permanente, se filtra en nuestra sangre, el viaje por la superficie del océano es un viaje a los sueños y como en tales, la realidad está arponeada por monstruos. De esos arpones y utensilios está hecho este libro.

 

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